Lo vi allá lejos, a la distancia, parado sobre el agua del mar, más allá de la escollera, me ofrecía la encorvada espalda, su silueta era desgarbada y grave a la vez, algo en ella la hacía regia. Tenía la estatura de un hombre mediano, estaba inmóvil, sobre un mar igualmente inerte, era una noche oscura y sin embargo su vieja figura se recortaba perfectamente en el horizonte marino, la temperatura era muy baja, por debajo del punto de congelación, abajo de mis pies, la escarcha se rompía casi a cada paso, yo iba dejando una rastro de aliento convertido en vaho, caminaba por el Seawalk, un andén construido para ese fin a lo largo de varios kilómetros justo donde el mar y la tierra se unen. Por un lado jardineras y prados, más arriba las casas, por el otro, el profundo océano, el mismo océano que había disfrutado tantas veces durante mi vida, en México…. sin embargo, otro, otro océano, diferente, ajeno,… frio.… impersonal, dependiendo de la hora del día y de la posición de la dramática luna, cubría y exponía las grandes piedras puestas a la vera a todo lo largo del camino a manera de espolón, algunas veces castiga con fuerza ese lado, el de abajo, otras, suavemente lame las piedras y hasta la orilla de la vereda con una blanda pero anormal voz.
Su negro abrigo gastado era alto, para cubrirlo del frio en la zona del cuello, este arqueado y corto, emergía del cuerpo muy abajo, evidenciando los muchos años vividos, la figura fue creciendo en tanto yo me acercaba, él, inmóvil, notó mi presencia,…. solo lo sé. Yo me paré a observarlo lo más cerca que pude, sus hombros encogidos y la posición de su cabeza, un poco hacia abajo, como si durmiera o meditara ensimismado, siempre de frente al mar, me demostraban no sé si una genuina indiferencia, o si por el contrario, justamente eso buscaba hacerme sentir. Su fingimiento, era recordatorio de una deuda vieja, antigua, atávica. Estuve mucho tiempo parado ahí esa aciaga noche, contemplándolo,… solo él y yo, llamándolo con mi prolongada presencia, el cada vez más intenso frio, producto de mi inmovilidad me exigía irme, sin embargo yo insistía en quedarme, quería, sentía, que tenía que hablarle, el me conocía, sabia mi historia, tenía algo que decirme,…… que revelarme. Le hablé y no se movió, quise acercarme más, pero las negras y heladas aguas no me lo permitieron, entendí que no iba a decirme nada, que no quería hablarme, cuando menos…… no esa noche. Poco a poco, sin dejar de verlo, inicie el camino de regreso a mi casa, paso a paso, despacio, fui cambiando mi posición, la nueva perspectiva, aunque más lejana, me permitió percibir apenas, su mirada de reojo y una mueca de burla,….Una burla añeja, intemporal, nacida al principio de los tiempos,… en su cara larga como de pájaro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario